Crónica urbana de la avenida "Colmena".
I


A media cuadra de la plaza Dos de Mayo sale a mi encuentro el primer travesti. El cabello largo, los tacones altos y la minúscula falda me confunden por un momento, pero los hombros anchos le delatan. “Roxy”, como se hace llamar, es uno de los personajes exagerados que cada noche toma por asalto la avenida Colmena en el centro histórico de Lima, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1991.

Roxy se acerca y me susurra al oído que por unos módicos treinta y cinco soles hará lo que yo quiera en el hotel de lunas verdes de la esquina. Como permanezco en silencio, inmediatamente baja a la tarifa a veinte soles. Mientras me habla, puedo distinguir debajo de su maquillaje las huellas de un rostro cansado y maltrecho: las ojeras, la piel flácida, los ojos irritados. Sus sugestivas palabras llegan a mí junto con un inconfundible aliento a terokal. Sonrío con nerviosismo y sigo caminando, y dejo atrás un breve insulto.

Son las dos de la madrugada y la oferta sexual está en su punto más caliente. Un taxi pasa muy despacio pegado a la vereda y casi de inmediato una prostituta es “levantada”. Las demás, mientras tanto, siguen poniéndose cerca de cuanto peatón pasa para ver si alguno se anima. No han pasado ni diez minutos y ya han entrado tres parroquianos al hotelucho de la esquina. Desde que el Laberinto o el Tabaris, conocidos locales de “a sol la barra”, fueron clausurados, a los hoteles de la zona les va mejor que nunca.

Este sórdido panorama, sin embargo, no siempre fue tal. El proyecto de la avenida Nicolás de Piérola y la plaza San Martín fue iniciado en el gobierno de Piérola y finalizado durante el de Leguía con el propósito de recibir el centenario de la independencia en 1921 con una Lima renovada. Pasear por la avenida Colmena (nombre de la firma que ejecutó el proyecto y que quedó grabado en la memoria popular) equivalía a respirar los frescos aires de modernidad, representados por el glamour de los edificios estilo art nouveau, los coches elegantes, y toda la parafernalia que acompañaba a los ministros, intelectuales o embajadores de otros países que solían darse cita para pasear antes de ver la escultura de José de San Martín. Años después, diferentes coyunturas políticas entre los años 50 y 80 ahuyentaron a los ricos a otros distritos. Como era de esperarse, la atención y cuidado de las autoridades limeñas se fue, por mucho tiempo, junto con ellos.

Avanzo con cuidado. He llegado a la esquina de la Universidad Nacional Federico Villarreal. Tres drogadictos descansan sobre unos cartones, en el mismo lugar donde cada mañana decenas de estudiantes desayunan apurados un vaso de quinua del puesto de don José antes de entrar a clases. Descansan en el mismo lugar por donde cada mañana el monseñor Luis Armando Bambarén ingresaba para ejercer sus funciones como director del colegio la Inmaculada, antes de que se traslade a Monterrico en los años 50 y el local sea destinado a la universidad. También en ese cruce se mantiene aún la parroquia de Santo Toribio y, frente a ésta, un conocido tragamonedas: El Palacio, en cuya fachada un hombre semidesnudo orina mientras intenta amarrar afanosamente unas bolsas negras a su cuerpo. Frustrado, se pone una bolsa negra en la cabeza como un condenado a la horca, y empieza a gritar hasta que el guardia de El palacio lo bota a gritos: ¡Sal de acá, loco de mierda! Confundido, el hombre busca otra esquina para dormir.

Ya en la Avenida Tacna, donde hace 250 años comenzaba la muralla sur del Damero de Pizarro, un par de autos estacionados dificultan el tránsito. Al lado de éstos, el “zambo” y Yoni, timberos eventuales y jaladores a tiempo completo, conectan unos parlantes miserables en el suelo, y me dejan oír a quien creo ¬¬—erróneamente, descubriría después— es Celia Cruz cantando “No le pegue a la negra”. Sin dejar de conversar, invitan a gritos a los pocos peatones que aun transitan a esta hora para que aborden los taxis-colectivo con rumbo hacia el Callao. Al otro lado de la avenida se ven más autos incluso: estos van hacia Chorrillos.

Unos metros más allá, algunos hombres con cartones y frazadas se acomodan en los pórticos de las pollerías y chifas para pasar la noche. Más por miedo a un asalto que por necesidad me acerco a un puesto ambulante, donde me atiende la señora Carmen. Ella ha trabajado vendiendo cigarrillos y golosinas a dos cuadras de la plaza San Martín por 17 años, y no recuerda haber visto nunca a la avenida libre de delincuentes o de prostitutas. Su protección no dura mucho pues ya se va, pero me dice que en un rato deben llegar los vendedores de la madrugada. Los del otro turno, dice risueña. Le doy las gracias y apuro el paso.

Ya casi en la plaza San Martín observo a una prostituta de edad avanzada con la desesperanza marcada en el rostro: le dicen la “Madonna” (vaya uno a saber por qué). Se sienta en el suelo a retocarse el ya excesivo maquillaje, aburrida de esperar algún cliente, y no puedo evitar compararla con la avenida misma, venida tan a menos desde hace algunas décadas. Una avenida destruida por el descuido y los años. Una avenida que empeora de noche, pero que siempre está mal, con el peso de los malos años descansando sobre los elegantes balcones despintados. La pregunta es inevitable, aunque la respuesta es conocida. ¿Qué pasó con Colmena?*

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*El texto fue redactado a principios del 2015. Con los años, la iluminación ha mejorado considerablemente la seguridad en la avenida misma, aunque las calles aledañas... no han cambiado mucho.

Iniciativas privadas han comenzado a restaurar al menos dos edificios antiguos para convertirlos en oficinas o puestos comerciales. Muchos esperamos que los proyectos sean exitosos y, por qué no, rentables.

He vuelto a ver un par de veces a “Madonna”. Cuatro de la tarde, vendiendo caramelos de una bolsa. Quiero creer que es una mejora.