Post recuperado de un semestre que ya no está. Es la nostalgia académica en verano.
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Hoy fue un día especialmente extraño, y extrañamente especial. A eso de las tres hacía mucho calor y la tarde se anunciaba ociosa: en el primer día de clases la profesora no llegaba (y nunca llegó en realidad: marca registrada de la Villarreal) y yo dudaba entre ir a casa, calatearme y desparramarme en el sofá con mi gata frente al ventilador, o esperar un par de horas a la clase siguiente.

Finalmente decidí —no sin cierta presión, por supuesto— esperar, y me propuse utilizar el tiempo muerto en chequear libros por el centro. Esa práctica casi ancestral en Lima, una herencia directa de incontables almas perdidas de esta generación, de la anterior y de la anterior a esa. Seres con gusto especial por lo raro, lo empolvado o —especialmente— por los precios benignos con nuestra escasa economía. Ese rito de una infinidad de solitarios, de flacos de lentes, de pelucones de todo tipo, de muchachas de mirada distraída y ropa negra, de freaks de toda clase y de personas razonablemente estándar también.

No había llegado a la puerta de salida cuando vi a un hombre ofreciendo libros en una mesita en el patio de la universidad. Rara vez he encontrado buena pesca en ese mar pero bueno, ya saben cómo es. La manía no se quita así no más. Con recelo fatigué con la mirada las pequeñas rumas de libros y la decepción no me sorprendió. Literatura basura por aquí, un libro de contabilidad más allá, otros títulos que parecían de autoayuda. Una biografía de Martín Adán y un texto en inglés de Lenin eran lo único rescatable. Me pregunto si mis antecesores en el rito conocen esa sensación de que quien ofrece la mercadería de turno es un charlatán que no merece su tesoro y no un digno mistagogo de la ceremonia del polvo, de las miradas en ángulos incómodos sobre las interminables filas de libros. Cansado y con calor repasé mentalmente la lista de lugares donde podía comprar cigarrillos y una empanada de pollo, cuando la esquina de una hoja con letras pequeñas como de un periódico saltó a mi vista. Sin nada que perder estiré la mano y leí: "Colección periodística: La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile por Gabriel García Márquez". Ah carajo. A ver. Con la primera página quedé atrapado. Un cineasta exiliado por la dictadura se disfraza y logra regresar a Chile con un equipo de cine para filmar los horrores de su país y mostrarlos al mundo. Era un reportaje de 150 páginas en perfecto estado, de tapa dura y blanca y con un protector que había cumplido su función con honores durante los treinta años que tenía de vida.

—Maestrazo, ¿a cuánto este libro?— grité desde un extremo de la mesa con el libro en la mano.

—El de García Márquez, ¿no? Tres cincuenta— respondió con una mueca extraña y casi sin mirarme.

Sí, lo sé. No es un libro de Kafka autografiado, pero cuando me dijo eso pensé: "Ni cagando, muy barato. Seguramente dijo trece cincuenta. Trece soles con cincuenta céntimos."

—¿Trece cincuenta?

Quizás elevé mucho la voz. Su instinto de vendedor a prueba de balas le dijo que podía perder uno de los escasos clientes del día y con una sonrisa más fingida (pero mucho más grande) respondió:

—No, TRES cincuenta. Pero para que te lo lleves te lo dejo en dos cincuenta.

Y me fui a la mierda de contento. Antes de pestañear ya tenía los dedos en el bolsillo contando las monedas. Le doy tres soles señor. Bien pagado. No me rebaje tanto, no se preocupe. Al rato comenzó la siguiente clase. Y mientras otra profesora presentaba el curso "Técnicas de reportaje de prensa escrita" yo no podía dejar de pensar en lo rico que es ser joven y misio, carajo. Lo rico que es fumar pall mall y estudiar en la Villarreal y pasar la mitad de mi vida en el centro de Lima. Y mentalmente retozaba como un cerdo con mi nuevo libro viejo, emocionado y alegre como cada vez que he realizado una adquisición memorable en el centro. Ese lugar real-mágico donde no solo hay putas y choros sino donde las sorpresas también pueden ser agradables, y aparecer cuando menos lo esperas medio enterradas entre otros libros o papeles.